La depresión en el anciano aún está infradiagnosticada

La depresión en el anciano todavía es una enfermedad infradiagnosticada, en algunas ocasiones porque los síntomas no se consideran patológicos y, en otras, por el solapamiento con otras enfermedades. De ahí la importancia de realizar un adecuado diagnóstico y tratamiento.
Los factores que hay que considerar en el anciano deprimido son varios y distintos a los que plantea el adulto joven. En primer lugar, “el diagnóstico no siempre es sencillo, pues los síntomas se solapan a los de las enfermedades físicas que pueda padecer el anciano y en ocasiones la depresión se manifiesta de forma atípica, lo que dificulta su identificación”, ha explicado a Diario Médico Inés Francés, presidenta de la Sociedad Navarra de Geriatría y Gerontología, que ha participado en el LIII Congreso Nacional de la especialidad, celebrado en Málaga.
En segundo lugar, es necesario conocer las enfermedades médicas concurrentes que pueden actuar como factores de riesgo (causa de la depresión), factores de mal pronóstico, o que pueden condicionar la elección del tratamiento.
También es fundamental ser conscientes del grado de pérdida funcional del paciente, que puede ser causa o consecuencia de la depresión y establecer las medidas necesarias para su recuperación como parte del proceso terapéutico.
Al elegir el tratamiento farmacológico es necesario tener en cuenta la polifarmacia para disminuir el riesgo de interacciones y efectos secundarios, e iniciarlo en dosis más bajas que en el adulto joven, pero alcanzando siempre dosis terapéuticas, ya que con frecuencia se tiende a infratratar a los pacientes ancianos.
Es necesario explicar bien al paciente la naturaleza de la enfermedad y las posibilidades terapéuticas para asegurar un adecuado cumplimiento. Y esperar la respuesta terapéutica el tiempo suficiente, que suele ser más prolongado que en el adulto joven. “La psicoterapia también es un instrumento eficaz, aunque poco utilizada entre la población anciana”.
Con frecuencia, la depresión en el anciano es un trastorno asociado a otras enfermedades, por lo que síntomas depresivos, como la pérdida de apetito, la fatiga o el enlentecimiento psicomotor pueden solaparse con otros trastornos. También cursa con frecuencia con alteraciones cognitivas, como pérdida de memoria o déficit de concentración, lo que plantea un diagnóstico diferencial con la demencia. Las quejas somáticas también son una forma de presentación habitual de la depresión en el anciano, y obligan a descartar enfermedad subyacente.
Por último, “la pérdida funcional puede ser el primer signo de un trastorno depresivo, signo inespecífico, pero muy orientador si no existe otra causa aparente que la justifique”.
Es fundamental ser consciente del grado de pérdida funcional que puede tener el paciente, que puede ser causa o consecuencia de la depresión.
Francés ha recordado que la dolencia asociada determinará en gran manera la elección del fármaco, en función del perfil más idóneo de interacciones y de efectos secundarios. En cuanto al cumplimineto terapéutico, en la mayoría de los casos es necesario contar con la ayuda de un cuidador que supervise la toma de medicación e insistir, con paciencia, en los beneficios de la continuación del tratamiento para evitar las recaídas.
En la tercera edad se pueden encontrar trastornos depresivos que debutaron en la juventud o en la edad adulta y han persistido hasta la vejez (bien como trastornos distímicos o como trastornos depresivos recurrentes), pero también existen trastornos depresivos que debutan por primera vez en la ancianidad.
La edad per se no aumenta el riesgo de depresión, pero sí la incidencia de depresión en personas ancianas con discapacidad o enfermedades físicas.
Son muchos los factores implicados en la depresión de inicio tardío. Existen factores neurobiológicos que podrían formar parte de la génesis de la depresión en estas edades. La enfermedad física y la discapacidad sí se han relacionado claramente con la aparición de depresión, en una relación bidireccional, pues la depresión también predispone a la discapacidad y a la aparición de enfermedades crónicas.
Los acontecimientos vitales como pérdida de familiares o amigos y el papel de cuidador de un anciano con discapacidad también influyen.
 

octubre 3/2011

Fuente: (Diario Médico)